La Voz De Todos

La Voz De Todos 30 noviembre, 2019

Por Chris Cyr.

Para nadie pasa desapercibido que los Estados Unidos de Norteamérica y la República Popular China están enfrascados en una guerra global, que abarca desde altisonantes declaraciones hasta espionaje industrial, desde movimientos de fuerzas navales hasta lawfare internacional. En todo caso, lo que se juega en este inicio de Siglo XXI, es quien será la potencia dominante poseedora de los recursos y los mercados. Y esta refriega, cuyo teatro de operaciones en el planeta entero, incluso Latinoamérica, recién comienza…

 

El historiador ateniense Tucídides reflejó en su obra «Historia de la Guerra del Peloponeso» la tensa rivalidad entre la desarrollada y pujante Atenas, y la briosa y desafiante Esparta. Si bien se convirtió en un archivista metódico de los hechos, también se consagró con un gran analista geoestratégico. Tucídides concluyó que la tirantez entre ambas polis, devenida luego en una desgastante guerra, era producto de la competencia, a veces tácita, a veces proclamada, por ser la antorcha del Mediterráneo.

 

Atenas se había convertido en la gran potencia del Egeo luego de las Guerras Médicas contra los persas. A mediados del Siglo V a.n.e. su esplendor económico e ímpetu cultural la convertían en la envidia de otras civilizaciones. Basada en su poderosa flota marítima que favorecía la industria y el comercio, sus falanges hoplitas y su sistema democrático, Atenas era el centro del «mundo mediterráneo». A su alrededor y bajo su organización, Atenas hiló una serie de alianzas con «estados subalternos» bajo la llamada Liga Ático-Délica (Liga de Delos). Sin embargo, a un paso de Atenas se alzaba una polis oligárquica, agricultora y militarista, Esparta, que ostentaba una idiosincrasia opuesta y temía ser «ahogada» por la influencia ateniense. Lejos de toda cooperación con Atenas, Esparta se posicionó como una fuerza antagónica, comprometiendo alianzas e imantando súbditos. La Liga del Peloponeso, tutelada bajo su liderazgo, incluía también viejos rivales de los atenienses.

 

Así, ambos empezaron a luchar por la hegemonía y lo que devino, al fin y al cabo, fue la conflagración armada para dirimir la situación. Atenienses y espartanos se batieron en batallas continuas durante 27 años y lo que provocaron, finalmente, fue el cambio completo del mundo helénico, que pasó de un círculo virtuoso de desarrollo a uno vicioso de caos y destrucción. Atenas quedó prácticamente devastada y sometida por Esparta, que sin embargo, obtuvo una victoria pírrica dado que sufrió una merma significativa en su potencialidad. El costo económico y humano para ambas polis y sus satélites fue impresionante para los parámetros de la época; la pobreza y “las pestes” se extendieron por toda la zona. La forma de hacer la guerra también mutó, encontrándose maneras más letales y tecnologías más mortíferas. El Siglo V a.n.e. finalizaba dramáticamente para Grecia: había terminado su primigenia época dorada civilizatoria (también llamada «El Siglo de Pericles»).

 

 

Los analistas geoestratégicos actuales llaman a esta tentación de «batirse por la hegemonía» como Trampa de Tucídides.

 

Esta circunstancias de desarrollos competitivos que forman un «caldo de cultivo» en donde una potencia emergente reta el predominio de una potencia hegemónica y la lleva a un choque de grandes proporciones se ha visto varias veces en la Historia: la competición entre Roma y Cartago dio origen a tres guerras púnicas [1] o, más recientemente, el ascenso de Alemania después de su unidad política en 1871 con su eficiente industria que penetraba los mercados de Europa occidental, provocó la ira de Reino Unido, imperio industrializado y colonial, provocando a la postre dos guerras mundiales que terminaría destrozando el «orden europeo» y su preeminencia sobre el resto del mundo (incluso, la SGM provocaría un proceso de descolonización en África y Asia).

 

No podríamos, sin embargo, catalogar a la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS en esta ecuación. Los soviéticos no pugnaron por un liderazgo económico sino más bien ideológico y, cuando brotaron sus «viejas» ambiciones nacionalistas de su sesgo ruso, se esforzaron por demarcar sus ámbitos de influencia (como lo atestiguan, por ejemplo las retiradas del Ejército Rojo de Austria y Grecia luego de la SGM, o sus “manos libres” en los Balcanes).

 

 

Dicho esto, en el aquí y ahora se está dando una puja «capitalista» por los mercados y los recursos globales entre Estados Unidos y China, con la formación de sus propios bloques «satelitales» (formales o informales)  que recuerda la tensión reflejada por Tucídides hace 26 siglos. Y si bien la idea de un mundo con potencias hegemónicas choca con la del (constante y pomposamente declarado) «mundo multipolar», lo cierto es que las relaciones de poder nos llevan, con sus matices, a una lógica binaria, máxime cuando estamos hablando de dos bloques radicalmente opuestos en lo ideológico/cultural pero similarmente voraces en lo económico. Nadie puede saber a ciencia cierta si se trata de una lógica impuesta por el peso de las fuerzas desatadas, que generan un clímax de enfrentamiento, o si estamos ante una profecía autocumplida, donde una potencia alimenta artificialmente el odio hacia otra con el fin de lograr cohesión interna, proyección de poder y desarrollo. Pero lo que es casi seguro es que el hegemonismo, una vez planteado, lleva al caos geopolítico y a la quiebra del derecho internacional. Y todo apunta a que ésta es la fase actual del mundo: recursos escasos y valiosos, superpoblación con expectativas de consumo, ambiciones desencadenadas y nuevo periodo capitalista impulsado por tecnologías novedosas (una pos-pos Revolución Industrial). Lo que se dice un «cóctel explosivo». Pero estamos también frente a una novedad. Si la cosa se degenera, no hay una guerra definitiva que «despresurice» la discrepancia y nos lleve hacia una nueva «paz de los muertos». Ahora existe el peligro de una (categórica) guerra termonuclear donde, definitivamente, no exista nada para repartir. Por eso las guerras son ahora más «silenciosas».

 

El florecimiento chino, el éxtasis occidental: donde empezó todo.

Durante los años ‘90, envalentonados por el declive soviético, los neoconservadores estadounidenses [2], que son imperialistas declarados, intentaron obtener la supremacía total “matando dos pájaros de un tiro”. La URSS estaba en proceso de desintegración y figuraba ya en su lista de abatidos. Con dicho ocaso, toda Europa Oriental ahora era un mercado-botín del que apropiarse. La expansión de la OTAN hacia el este, junto con su expresión civil, la Unión Europea, fue un movimiento «de conquista» en ese sentido. Pero en Asia se jugaba otra baza: China, que no era ni por asomo la potencia que es hoy, sin embargo, era un mercado suculento de más de 1000 millones de personas, pero también un riesgo eventual en caso «de despertarse».

 

Por ello, en 1989, Estados Unidos fomentó  el golpe de Estado del «revisionista» Zhao Ziyang (que quería imponer una apertura de mercado irrestricta y acelerada al «estilo latinoamericano») cuya consecuencia fue la revuelta de Tiananmén, ampliamente manipulada por la CIA. Sin embargo, fracasada ésta por la férrea acción del ala dura del Partido Comunista, surgió fuertemente la figura dominante de Deng Xiaoping, que se convertiría en el padre de la reforma de mercado china, pero «cruzando el río tanteando las piedras». El lema resumiría el proceso que se encararía: un camino paulatino, lento, planificado, de acumulación capitalista («constitución del mercado») y luego, de expansión («potenciación del mercado»).

 

 

Deng primero instaló el axioma de que «enriquecerse es bueno» (un giro copernicano en la filosofía china) y luego inició el denominado «Viaje al Sur», que significaba, en los hechos, desarrollar las ciudades costeras del Mar de la China Oriental y Occidental, como Shanghái y Zhuhai, que tenían potencialidad exportadora por sus puertos, para después reagrupar las ganancias portuarias hacia el centro del país, a través de la aplicación de retenciones (cada vez más fuertes) a las provincias exportadoras. Pero abrevarse de esos ingresos, Deng utilizó una estratagema capitalista: brindó en bandeja a las transnacionales estadounidenses la ultra-barata mano de obra china, que era casi 20 veces menos costosa que en Occidente.

 

 

Pero Deng no era un suicida: advertido del fracaso de la Perestroika/Glasnost soviética, estaba a favor de la  liberalización de la economía socialista pero no quería perder el control político del partido (a sabiendas de que las oligarquías mafiosas se apoderarían de la economía, como finalmente ocurrió en la Rusia pos-soviética y Europa Oriental) y convertirse a un capitalismo financiero-especulativo. Por eso, Deng propició que únicamente el capital “productivo” estadounidense (o sea, su industria) se instalara en China, evitando así la situación decadente que generara la infame Guerra del Opio. Después de todo, el capitalismo tiene una sola ideología: hacer (mucho) dinero. A los CEOs estadounidenses no les importó que el Estado tenga control del proceso macroeconómico mientras sus beneficios privados fueran exorbitantes.

 

Cuando asumió Jiang Zeming prosiguió la misma política: China, al cabo de 10 años, se había convertido en el «taller del mundo» (y gracias a eso, poco a poco, en la city financiera también), ‎lo cual trajo al país un gigantesco desarrollo económico gracias a sus impresionantes saldos superavitarios de exportación, que al estar administrados centralmente por el Estado, fueron utilizados en una metódica planificación hacia (básicamente) tres objetivos: (1) una redistribución regional, para llevar desarrollo al resto del país (2) la creación de una industria estatal nacional, lo que implica no solamente las famosas «copias sin licencia» basadas en la ingeniería inversa sino también enormes inversiones en investigación y desarrollo para despegar en términos tecnológicos; y (3) una infraestructura para unificar el país, pero también para proveer productos y abastecerse de insumos.

 

 

De cualquier manera, mientras Estados Unidos se abalanzaba sobre los restos de la carroña soviética, y avanzaba sobre los recursos energéticos (hidrocarburíferos) del Medio Oriente, considerándose la única híper-potencia mundial sin rival alguno, y no se ocupó más de las «minucias chinas» en tanto y en cuanto sus compañías radicadas allí «hicieran explotar Wall Street», China iba creciendo en silencio, a tasas exponenciales. Imbuidos por el pensamiento reinante, Estados Unidos exoneró las transferencias de capitales para que los capitalistas pudieran ‎enriquecerse y así, según el pensamiento de «vuelque» neoliberal vigente, enriquecer también a sus conciudadanos. Eso no hizo China, que prefirió iniciar un proceso de ahorro e inversión interna.

 

En definitiva, los chinos comprendieron que el capitalismo no es un proyecto político sino una manera irresponsable de ganar dinero. Por eso, los grandes holdings industriales estadounidenses se aliaron al Partido Comunista chino, iniciándose así un proceso de desindustrialización de Occidente y de industrialización en Oriente, cambiando el eje geoestratégico económico.

 

 

Al decir «irresponsable» me refiero a que las ganancias se obtienen a costa de la solidaridad social y la salud ambiental. Las compañías estadounidenses, cuyos representantes penetraron el Estado Federal y por lo tanto se desentendieron de la ciudadanía, se las arreglaron para transferir sus dividendos hacia lugares donde tuvieran menos obligaciones fiscales, escapando de sus responsabilidades sociales. La «erudición fiscal» (un eufemismo para decir evasión fiscal) produjo un Estado Federal desfinanciado, y por lo tanto, extraordinariamente endeudado para sostener sus abultados presupuestos (especialmente el de Defensa, que es elefantiásico), mientras paralelamente surgía un predominio del capitalismo financiero, es decir, aquél que no se reinvierte en trabajo ni en producción sino que se procrea en base a la especulación (como lo atestigua la crisis de los derivados financieros).

 

De esta manera, mientras el «mundo occidental» se desgastaba en onerosas guerras con fines extractivos en Medio Oriente y los capitales acumulados en paraísos fiscales se destinaban a la especulación financiera, el Estado Federal estadounidense se apalancaba con un altísimo déficit fiscal que financiaba… ¡China, el «taller del mundo»! ¿Cómo? A través de la multimillonaria compra de bonos de deuda estadounidenses – lo que le daba una renta no desdeñable y el control «político» del dólar – y la sesión de la plusvalía de sus trabajadores. Pero en el proceso, gracias a su boom exportador, China obtenía su propia acumulación capitalista.

 

Nacía, en palabras de Tucídides, la Nueva Atenas. ¿Pero qué haría la Vieja Esparta ahora?

 

En este gráfico del FMI se puede percibir cómo el PIB chino (o GDP, en sus siglas en inglés) medido en términos relativos respecto del PIB mundial ya supera al estadounidense, que en 1980 era del 22% y ahora ronda el 16% (se redujo) mientras el chino no llegaba al 3% y ahora es de poco más de 16%. La igualación inaugura la lucha por el Hegemón.

 

 

Make America Great Again (o “Imperialism Reload”) 

Donald Trump llegó a la presidencia estadounidense con una visión más clara del asunto. Alarmado por la desindustrialización en su territorio continental, el desempleo creciente y el peligroso déficit fiscal (que sólo puede ser sostenido mientras el dólar siga siendo la moneda de cambio y atesoramiento mundial), y debilitado por la arrolladora pujanza económica china (por no hablar de la recuperación geopolítica rusa), asumió resuelto a cambiar algunas estrategias, aunque para ello, deba enfrentarse primero a sus «enemigos internos»: el mismo Deep State neoconservador, poblado de CEOs, que aún cree en las «bondades» del imperialismo liberal.

 

Trump cree que debe abandonar parcialmente la lógica belicista (el silogismo de la guerra permanente) que impone paces endebles, y por consiguiente, un enorme gasto militar con deslegitimación política. A la vez, cree que debe relanzar el Estado Federal: para ello debe reactivar la industria estadounidense en su propio suelo (lo que implica dar empleo de calidad y cobrar impuestos) y reequilibrar los intercambios comerciales del país, sobre todo con China, el gran exportador, lo que implica, de movida, paralizar sus acelerados índices de crecimiento (las famosas «tasas chinas») y una segura «guerra comercial».

 

 

A conocimiento de que Estados Unidos alguna vez iba a pasar a la ofensiva e iba intentar sopesar el desequilibrio comercial externo, el actual Secretario General del Partido, Xi Jinping, previó la apertura de nuevos mercados poniendo en aplicación un proyecto titánico de ‎creación de vías comerciales internacionales que recuerda la antigua «Ruta de la Seda». El proyecto se denomina «One Belt, One Road» [OBOR] y es un tejido de enlaces marítimos y ferroviarios entre China y Europa pasando por Kazajistán, Rusia, Bielorrusia y Polonia para terminar en Alemania, Francia y Reino Unido. En un segundo tramo llega hasta… Latinoamérica. Esto es un desafío tremendo al orden instituido y la instauración definitiva de China como potencia económica de nivel mundial, el paso estratégico subsiguiente al ingreso del gigante asiático, en 2001, a la Organización Mundial de Comercio (OMC), que significó en su momento la ratificación del rumbo reformista.

 

 

 

De esta manera, China se definiría como el significado mismo de su nombre: «país central», donde los recursos fluirían hacia la Neo-Metrópoli y los baratos productos chinos (y sus inversiones) irían hacia la periferia. China, una potencia continental con escasa salida marítima, utilizaría así los conductos terrestres para armar su propia centralidad, esquivando el dominio anglosajón de los mares, en su poder desde hace siglos.

 

Pero existe algo que podría conspirar contra ese proyecto (además de los «escollos» estadounidenses): China ‎no propone productos originales sino más bien lo mismo que venden las transnacionales occidentales, ‎aunque más barato. Los países pobres ligados a la «Ruta» acogen el proyecto como una bendición; los países ‎ricos lo ven con gran temor y se preparan para sabotearlo.

 

Por eso, el desafío de China pasa por (1) evitar los sabotajes a su economía a través del fomento de alianzas mutuamente provechosas, lo que implica mostrarse más ventajoso que Estados Unidos y sus aliados; esto es, convertirse en un faro civilizatorio y (2) competir con productos originales en el sector de las nuevas tecnologías, lo que implica también el aseguramiento de las nuevas materias primas. Ambos objetivos no son excluyentes.

 

 

Guerra… pero al estilo del Siglo XXI

Es improbable que se produzca una devastación bélica entre chinos y estadounidenses (por un principio de auto-conservación, como ya se vio en el «experimento norcoreano», aunque nunca se sabe con los humanos). No obstante, eso no significa que no estemos ante un «combate de fintas» con todas las letras. Hoy la guerra es mucho más medios militares confinados a un escenario, esforzándose por jugarse el todo por el todo. Hoy las guerras son de amplio espectro, formateadas en episodios aparentemente inconexos, pero donde confluyen todas las fuerzas organizativas de una nación.

 

Para no perder la hegemonía mundial ante China, Estados Unidos debe:

  1. mantener su poderío militar.
  2. preservar su impulso vanguardista tecnológico.
  3. reducir su déficit fiscal, para lo cual debe recuperar su esquivo capital transnacional y eliminar los desequilibrios comerciales.
  4. preservar el patrón dólar.
  5. dominar ampliamente los recursos energéticos y
  6. sabotear a China y Rusia, por separado, o bien, a su alianza informal, procurando, además, enfrentarlas entre ellas.

 

Respecto al poderío militar, China mantiene un gasto de 1,9% de su PIB (±USD 228 mil millones) lo que ha provocado una modernización plena de todas sus ramas, logrando, por ejemplo, armas hipersónicas, cazas de quinta generación – como el furtivo J-20 –  expediciones espaciales y una flota ultramoderna de «aguas azules» – con portaaviones incluidos – para dominar el Pacífico (donde también construyó cantidad de islas artificiales usadas como bases adelantadas), todavía no llega a los niveles estadounidenses, aunque sus recursos bélicos ya se manifiestan suficientes para hacerle saber a su rival que un ataque convencional lograría una (probable) victoria pírrica,  y eso, sin aludir a una posible intervención rusa en favor de China y sin considerar (como seguro pasaría) el involucramiento de las armas nucleares estratégicas. Podríamos decir que China sacó allí un empate con gusto a triunfo.

 

Para preservar la tecnología y reducir el déficit fiscal, Estados Unidos está haciendo ingentes esfuerzos en paralelo: por un lado, desató una guerra arancelaria para rectificar las «injusticias» comerciales, pero por el otro, intentó negociar un alivio arancelario a cambio de detener los subsidios gubernamentales en las avanzadas industrias manufacturaras insertas en el programa «Made in China 2025», una iniciativa que abarca 10 sectores clave, que incluyen industria aeronáutica y aeroespacial, maquinaria agrícola, ingeniería oceánica, motores, autos eléctricos, semiconductores, robótica, microchips e inteligencia artificial, o sea, la llave del futuro. Esta negociación es del tipo «elige la espada o la pared»: o aceptas aranceles descomunales que recortan significativamente los saldos de exportación, o renuncias a tus ventajas comparativas tecnológicas (que te darán mejores saldos de exportación, pero que dependen de los actuales). Los chinos han tomado esa condición como un término de rendición más que como una base de negociación. Y tienen razón, por lo que terminó en fracaso.

 

La consecuencia fue una escalada constante de aranceles: con golpes americanos y contragolpes chinos, que provocan fuertes sacudones en ambas economías, pero también, en las economías asociadas. La idea es erosionar el excedente de capital proveniente del superávit comercial para que China no pueda seguir invirtiendo en inteligencia artificial, telecomunicaciones de quinta generación (5G), vehículos eléctricos y

nanotecnología, donde se necesita de enormes inyecciones de capital.

 

Un símbolo paradigmático de este sabotaje fue el caso Huawei, la principal fabricante china de teléfonos celulares. Esta empresa, creada en 1987 por un militar especializado en tecnología, escaló en ventas de manera exponencial, inundando los mercados del mundo entero. ¿Su éxito? ¡Una reinversión del 25% de sus ventas en I+D! El milagro de Huawei puede explicarse también (entre otras causas) en que a medida que sus ventas crecen su margen de beneficio se ralentiza. ¿La causa? La re-inversión citada más el gasto en marketing para instalar la marca. La cuestión es que la agresiva progresión de Huawei, que ya se posiciona como la segunda empresa mundial en el rubro detrás de Samsung y delante de Apple, ha atraído el foco de interés estadounidense, quien no ha parado de sabotear sus productos con excusas varias. ¿Por qué? Porque Huawei es el puntal de la tecnología 5G, y ésta, a la vez, será fundamental para «manipular» culturalmente a una población interconectada mundialmente, gracias a su capacidad de transmitir cantidades colosales de datos electrónicos a velocidades ultrarrápidas. El 5G, además, facilitará la interconexión de los automóviles automáticos, la robotización y la aplicación universal de la inteligencia artificial.

 

Huawei es, por consiguiente, la imagen misma de la ventaja comparativa tecnológica china, por eso Estados Unidos ha ejercido una enorme presión sobre sus aliados asiáticos y europeos para impedir que haga sus negocios allí bajo la acusación no-comprobada de «espionaje». Pero consciente de que ese cargo conlleva un enorme cinismo, directamente prohibió a Google brindarle sus conocidas apps, tan valoradas en el mercado mundial, para «vaciar» de contenido al hardware. Incluso fue más lejos: promovió, en lo que constituye la inauguración del Lawfare internacional, la detención en Canadá (y extradición hacia Estados Unidos) de la directora financiera e hija del fundador Meng Wanzhou bajo la falsa acusación de defraudar a los bancos norteamericanos para que ayuden a empresas iraníes en violación a las sanciones unilaterales impuestas por Washington contra Teherán. Solo la aglutinada defensa china con veladas represalias, que incluyó boicots a la madera y reclusiones a ciudadanos canadienses, hizo que Canadá liberara a la directora.

 

Estados Unidos pretende, además, bloquear el acceso de China al mercado de hidrocarburos, de los cuáles depende su energía y su industria de plásticos. China es una economía sedienta de petróleo, y necesita que el precio del barril sea bajo. Pero Estados Unidos, gracias al control de las monarquías arábigas, la cuenca mexicana y fundamentalmente al fracking que realiza en su propio territorio (petróleo de esquistos obtenido por perforación hidráulica), no tiene problemas de abastecimiento. Sin embargo, como esta última técnica de extracción es onerosa, necesita que el precio del barril sea alto para justificar sus costos. Las intervenciones estadounidenses en Siria y los «acosos» frenéticos a Venezuela e Irán (que incluye una gama amplísima de sanciones para quien ose comerciar con esos países) tiene por objeto clausurar esos proveedores a China más que apoderarse del recurso en sí. No obstante, esta voluntad de perpetuar la matriz energética petrolera, impide que Estados Unidos lidere la transición tecnológica hacia los motores y los automóviles eléctricos, hoy encabezada por China.

 

El sabotaje constante que hace Estados Unidos a la unidad territorial china puede verse en varios planos: primero, con su apoyo absoluto al gobierno de Taiwán, isla que China considera «rebelde» y con quien está comprometida a su integración, incluso, por la fuerza de las armas (es una amenaza que surge en cada ocasión que Taiwán coquetea con la independencia). Estados Unidos, si bien no reconoce “de jure” a la isla como un país, apoya diplomáticamente la «democracia taiwanesa» (por ejemplo, impulsando la membresía de Taiwán en la OMC, el Foro de Cooperación Asia-Pacífico y el Banco Asiático de Desarrollo) y la abastece de sus mejores sistemas armamentísticos, como si fuera el Israel de extremo oriente. Segundo, con su incitación a la rebelión uigur, en el extremo occidental de China, territorio de Xinkiang. Los uigures son musulmanes, y muchos de ellos, fogoneados por Estados Unidos, flirtean con la independencia, apoyándose en las redes terroristas de la Hermandad Musulmana (al-Qaeda). Tercero, con el acorralamiento a Corea del Norte, el estado-colchón que impuso China en la década del ’50 contra la avanzada atlántica en su flanco sur. Si bien los chinos no comulgan del todo con la dinastía Kim, la prefieren antes que tener tropas estadounidenses apostadas contra su frontera. La tensión en la península coreana durante los años 2015-2017, con amenazas de intercambios misilísticos nucleares, se saldó (por ahora) con un statu quo gracias a la firmeza china, quien subrepticiamente dio a entender que un ataque contra Corea del Norte implicaría a Rusia y China en el teatro de operaciones, cosa que Japón y Corea del Sur temen especialmente. Cuarto, a través de la subversión de Hong Kong, donde manipula, junto con la Corona Británica, catervas organizadas para cometer saqueos y sembrar el caos social, mientras se deslizan mensajes subrepticios de «regresar a la democracia» (o sea, al estado colonial previo a 1997). Quinto, estimular el proceso de rearme japonés e indio, dos potencias regionales históricamente rivales de China. En el caso japonés, en 2015 el primer ministro conservador Shinzo Abe aprobó las reformas legales necesarias para fortalecer sus fuerzas armadas e invalidó el artículo 9 de la constitución, que impedía a Japón intervenir militarmente fuera de sus fronteras (por eso sus FFAA eran llamadas “Fuerzas de Autodefensa Japonesas”). Fue paradigmática la construcción de dos portaaviones para la Armada, principal instrumento de su política imperial en los años ’40. Sexto, el constante patrullaje de la VII y III Flota del Pacífico con maniobras provocativas y ejercicios conjuntos con países rivales con el objetivo de confinar a los chinos a áreas cercanas al continente. Es más, Estados Unidos ha ordenado un ritmo mayor de las operaciones FRONOP (operaciones de libre navegación). En respuesta, Beijing ha tratado de escapar mediante el establecimiento de bases miniatura en las islas del Mar del Sur de China (o incluso construir islas artificiales para albergar las bases allí), movimientos ampliamente condenados por los halcones en Washington y por otros países litoraleños como Vietnam, Malasia, Indonesia, Filipinas y hasta Brunei. Y séptimo, todo tipo de presión para frustrar las ambiciones geopolíticas de Beijing, desde la guerra mediática constante (que deslegitima la política de «derechos humanos» y la «falta de libertad» de la República Popular, hasta la denuncia de «centros de re-educación», pasando por acusaciones de corrupción a los países que realizan pactos con los chinos) [3] hasta políticas concretas para socavar el proyecto «One Belt, One Road», lo que incluye pactos económicos, alianzas políticas, pero también, golpes de Estado, «Revoluciones de Color», bloqueos y aislamientos y/o someter al país que se intenta alinear a una deuda impagable con el FMI (caso argentino). [4]

 

La “espontánea” revuelta hongkonesa empezó a generar sospechas cuando manifestantes tomaron el parlamento con banderas británicas y coloniales. ¿Una revolución de color en la propia China?

 

 

 

 

Un misil en mi placard… ¿O creías que estabas lejos?

Dijimos que China necesita de los hidrocarburos para proseguir la marcha vertiginosa de su economía.

Al igual que lo fuera el carbón durante la Primera Revolución Industrial (para mantener calientes las calderas que generaban vapor), los combustibles fósiles son el insumo básico de la Segunda Revolución Industrial, que está despidiéndose. El petróleo permitió generar energía eléctrica, impulsar los vehículos a través del motor a combustión y generar la «era del plástico».

 

El recurso fue/es tan vital (y demandado) que las potencias industriales no dudaron en partir o crear países para administrarlo (como la partición de la Gran Colombia o la invención de Arabia Saudita tras la rebelión de Lawrence y la Casa Saud), cuando no, directamente, arrasar con bombardeos aéreos y ejércitos invasores (caso Irak en 1991 y 2003, caso Libia en 2011). Hasta crearon «doctrinas de seguridad nacional» (como la Doctrina Carter, que considera un ataque a Estados Unidos si alguien osa poner sus manos en el Golfo Pérsico) en pos del aseguramiento de insumo.

Para que China, Estados Unidos o cualquier otra potencia intente realizar el salto tecnológico hacia la Tercera Revolución, se necesita no solamente una destacada capacidad tecnológica, descomunales e intensivas inversiones, y agresividad exportadora… se requiere una provisión abundante y perdurable de los minerales esenciales en la fabricación, entre ellos, fundamentalmente pero no únicamente, el litio. [5]

 

La Tercera Revolución implica un mayor uso de las energías renovables, el desarrollo de baterías recargables, de pilas de hidrógeno y de otras nuevas tecnologías de almacenamiento energético, el desarrollo de una red eléctrica inteligente, y por supuesto, de los vehículos eléctricos, donde la empresa china BYD lleva actualmente la delantera a la estadounidense TESLA.

 

En ese aspecto, acceder al abastecimiento seguro de litio es la llave que abre la puerta a la revolución tecnológica y que modificará el tablero de la geopolítica mundial. El litio es clave en el cambio de matriz energética pues se necesita para la confección de acumuladores eléctricos que permiten contener la energía generada mediante recursos renovables (que es intermitente y fluctuante, por lo que debe ser acumulada); y es determinante en la modificación del patrón tecnológico, ya que las baterías ion-litio son el motor que impulsará la movilidad de los próximos años, además de utilizarse en casi todos los dispositivos electrónicos portátiles como celulares, y computadoras.

 

 

En estos últimos años, Estados Unidos ha pasado a una ofensiva fulminante en Latinoamérica, luego de una década (2002-2012) de gobiernos progresistas que intentaron configurar un bloque independentista como región. En los lugares donde no triunfó aún la asomada (como Venezuela), irrumpieron campañas de amplio espectro, diseñadas y motivadas por la NED, USAID, CIA, NSA y DIA, para imponer en el poder a las élites privilegiadas ligadas a lo foráneo, que llegaron por vías democráticas (Argentina, Uruguay), por impeachment (Brasil, Paraguay), por proscripción (Brasil), por traición (Ecuador) o por coup d’etat (Bolivia, Honduras, Haití).

 

Además, obviamente, de los aspectos políticos de dominancia de su «backyard», lo que se impide es el resurgimiento de gobiernos soberanos que, en vistas a la histórica aversión al imperialismo norteamericano, hagan pactos con la República Popular China (y Rusia) que favorezcan acuerdos de libre comercio que posibiliten intercambios del tipo «mercancías por infraestructura» (e incluso más importantes, como la asociación estratégica entre Argentina y China que facilitó la instalación de un complejo de comunicaciones espaciales en la provincia de Neuquén).

 

En este contexto, el «Triángulo del litio» sudamericano, en la región fronteriza entre Bolivia, Chile y Argentina, se posiciona como una zona estratégica que despierta un creciente interés para las potencias económicas que manejan la economía global. Bolivia tiene el 30% de las reservas mundiales, seguida por Chile con el 27% y Argentina con el 23%. Vale decir, que los tres países congregan el 80% del total mundial (mucho más allá, con un 13%, se encuentra China).

 

En la actualidad, el 39% del litio se utiliza para la fabricación de baterías, el 30 % para la elaboración de productos cerámicos y vidrios, el 8% para grasas y lubricantes, 5% en la metalurgia, 5% para la elaboración de polímeros, un 3% para tratamientos de aire y el restante 10% se dirige a otros fines, incluyendo usos medicinales (se utiliza para tratamientos psiquiátricos).

 

La explosión de las nuevas tecnologías de información, como el auge de smartphones y otros dispositivos electrónicos con acceso a Internet (5G), así como las baterías de los automóviles eléctricos, han modificado el mercado del litio totalmente, lo cual se explica el impresionante repunte del valor a partir de 2015, al mismo tiempo que las cantidades comercializadas han descendido rotundamente.

 

Los mayores importadores de litio fueron entre 2017 y 2018 fueron (1°) China, USD 723 millones, (2°) Corea del Sur, USD 705 millones, (3°) Japón, USD 511 millones, (4°) Bélgica, USD 240 millones y (5°) Estados Unidos, USD 209 millones.

 

Evo Morales, ya en exilio luego del golpe, declaró a RT: “En Bolivia podríamos definir el precio del litio para el mundo. Yo estoy segurísimo porque un grupo de dirigentes cívicos del Potosí rechazaron nuestro plan del litio, que estaba previsto al 2025: 41 plantas, 14 de ellas netamente industria del litio. El año pasado inauguramos la de cloruro de potasio, vamos a empezar a explotar 15.000 toneladas de septiembre hasta finales, estamos ampliando la exportación. El próximo año estaba previsto terminar la gran industria del carbonato de litio; en planta piloto este año estaba previsto 400 toneladas. Una tonelada de carbonato de litio cuesta más de 10.000 dólares. Hidróxido de litio. Y además de eso, plantas de baterías de litio. Estaba en el plan. Otras plantas tenían que ser solamente para insumos, y otras para subproductos. Tema de alimentos, tema de medicamentos, etc. Un lindo plan. Y ahí viene esta arremetida”,

Morales denunció que la idea estadounidense, a través de la manipulación de su oligarquía racista, no solamente era bloquear el abastecimiento del litio a sus competidores (como hace con Venezuela e Irán con el petróleo) sino además de detener el proceso boliviano de industrialización del litio.

 

Veamos algunos datos para sacar conclusiones:  de los 62 millones de toneladas métricas (Tm) mundiales de litio, Estados Unidos posee 6,8 Tm. Según datos del United States Geological Survey (USGS), Estados Unidos clasifica el litio como un mineral crítico para su seguridad nacional (como en su momento fue el petróleo, lo cual devino en la Doctrina Carter de intervención en el Golfo Pérsico antes aludida). Sin embargo, China también lo considera así: https://thediplomat.com/2019/02/china-rushes-to-dominate-global-supply-of-lithium/

 

En 2019, se hallaron nuevas reservas de litio en Bolivia. El USGS había estimado en 2017, que el Salar de Uyuni en Bolivia contaba con 9 millones de Tm de litio. Pero el 19/01/2019, el gobierno boliviano anunció que, sobre la base de un nuevo estudio de la consultora estadounidense SKR que cubría apenas el 64% del Salar de Uyuni, las reservas geológicas de litio alcanzan… ¡21 millones de Tm!

 

Pero hay más: el Estado boliviano, gracias al Plan Nacional de Desarrollo aprobado en 2006 y mediante el Decreto Supremo N° 29117/2007, declaró reserva fiscal minera a todo el territorio nacional; lo cual significa que se eliminó definitivamente el sistema minero concesional; y se promovió la recuperación de las facultades productivas de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL). Mientras, la Ley de Minería y Metalurgia N° 3720 del mismo año estableció que COMIBOL participará directamente en toda la cadena productiva: prospección y exploración; explotación; concentración; fundición y refinación; comercialización de minerales y metales y administración de las áreas fiscales. En 2008, el gobierno declaró prioridad nacional la explotación de los recursos evaporíticos del Salar de Uyuni. En abril de 2017, se promulgó la Ley N° 928 que creó la empresa pública Yacimientos de Litio Bolivianos (YLB).

 

De esta manera, Bolivia se convertía en el único país suramericano que nacionalizaba sus recursos mineros y que invertía en la industrialización del litio; proyectando, la construcción de 41 plantas de litio (14 destinadas a producir baterías y energía, 20 para insumos y 7 para subproductos) estimando ingresos de € 4450 millones de euros a partir de 2030, tras una inversión de € 3900 millones. Todo un pecado para el capitalismo internacional.

 

Pero la cosa se pone más escabrosa durante los años 2018-2019…

YLB buscó socios estratégicos internacionales para industrializar el litio, y el primer paso lo dieron los alemanes, cuya BMW y Volkswagen ya tienen autos eléctricos: el 05/10/2018, el YLB (con el 51%) y la empresa ACI Systems GmbH (49%) crearon una empresa mixta para invertir USD 1200 millones en un complejo de alta tecnología en el Salar de Uyuni, cuyo producto principal hubiese sido las baterías de ion litio. El potencial verbal es responsabilidad del Comité Cívico de Potosí, que evidentemente influenciados por agentes externos, se pusieron inflexibles en el porcentaje de regalía que les correspondía, un 3%, pretendiendo 11%. Su dirigente Marco Pumari organizó manifestaciones contra el “insultante” porcentaje y finalmente Evo Morales cedió y canceló el contrato con los europeos para mantener la gobernabilidad. Este fue el primer «aviso». Demás está decir que Pumari y Camacho aparecieron abrazados y se manifestaron, tras el golpe de Estado, listos para presentarse como candidatos.

 

Los líderes cívicos de Santa Cruz y Potosí, Luis Fernando Camacho y Marco Antonio Pumari, respectivamente, explicaron que serán candidatos si es que el pueblo así lo pide. Fueron piezas clave en el golpe de Estado contra Evo Morales.

 

 

 

El 19/06/2018, Evo Morales visitó Beijing estableciendo una serie de acuerdos con Xi Jinping que fueron refrendados como una Asociación Estratégica. Esto quizás fue la lápida para Bolivia.

Ver: https://www.youtube.com/watch?v=IYwZOTBZz7Q

 

Posteriormente, el 20/08/2019, seguramente como producto de la asociación estratégica citada, YLB suscribió una minuta de constitución de empresa mixta con el consorcio chino Xinjiang TBEA Group-Baocheng para la industrialización de las reservas de litio de los salares de Pastos Grandes (Potosí), con una inversión de USD 1.320 millones, y Coipasa (Oruro), con una de USD 1.070 millones. Se proyectaba, además, una construcción de baterías ion en una segunda fase. Evo Morales declaró que China tendría el mercado garantizado con este proyecto.

Salar de Uyuni, el botín donde se juega la rivalidad sino-estadounidense. Hasta aquí llegó la competencia de las nuevas polis.

 

 

 

 

El gobierno boliviano de Evo Morales, por último, había presentado su primer vehículo eléctrico el 3 de octubre de 2019… y el 10 de noviembre ocurrió el golpe. El gobierno golpista derechista evangelista-sionista de Bolivia instantáneamente reinició relaciones con Estados Unidos, reinstaló su embajada, cortó lazos con Venezuela y evalúa «desideologizar» los acuerdos con las empresas chinas. En palabras de la canciller de facto boliviana Karen Longaric, «Lo menos que se podía esperar de este gobierno era rectificar la política exterior del anterior gobierno, que fue extraviada, no atendía los intereses nacionales, era altamente ideologizada». Añadiendo que las relaciones con China y Rusia serán «reconducidas y redireccionadas» para «velar principalmente por los intereses del país y proteger los recursos naturales».

 

El Quantum E2 posee una autonomía de 50 kilómetros entre cada recarga eléctrica y alcanza una velocidad máxima de 45 km/h. Es el primer auto eléctrico de fabricación boliviana.

 

 

 

Estamos ante un notable triunfo geoestratégico estadounidense, que ha bloqueado uno de los recursos clave de la revolución industrial china y le ha cerrado, por el momento, el grifo a este recurso vital. Pero en el vamos, como vaticinó Tucídides, se ha generado un caos social de crímenes y de representatividad (desgobierno). Veremos cual será la reacción china, que obviamente, no se quedará cruzada de brazos. Cuando Estados Unidos bloqueó el petróleo y el hierro al Imperio del Japón que buscaba su «Esfera de Coprosperidad Asiática» (o sea, su expansión capitalista colonial), ocurrió el ataque de Pearl Harbour y todo terminó en dos bombazos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki.

 

Chile, Argentina… los otros oasis del litio

¿Y Chile? La ola de protestas masivas de millenials en Chile, podría ser parte de una «Revolución de Color» manipulada por Estados Unidos (¿Cómo en Hong Kong?) para impedir la explotación del litio chileno por parte de China, cuya empresa Tianqi está asociada a la chilena SQM.

 

¿Y qué le deparará a la Argentina, quien también tiene una Asociación Estratégica con China y se ha convertido en su segundo socio comercial después de Brasil? Alberto Fernández deberá surfear entre los intereses estadounidenses con su «Doctrina Monroe reload» y los intereses chinos basados en el «Socialismo para la Nueva Era».  Pero fundamentalmente deberá lidiar con el enemigo interno: el gobernador Gerardo Morales, cabeza de la provincia – rica en litio – de Jujuy fue quien, el 5 de septiembre de 2019, brindó apoyo logístico al golpe de Estado con la entrega de equipo militar y recursos económicos de la CIA, camuflado a través de la Brigada de Incendios Forestales del Ministerio de Ambiente de Jujuy y la colaboración de la Fuerza Aérea Argentina (ante los extraños incendios de Santa Cruz de la Sierra), todo bajo la supervisión de la «filantrópica visita» de Ivanka, hija del presidente Donald Trump.

 

Gerardo Morales, gobernador de Jujuy, con el canciller argentino Jorge Faurie, Ivanka Trump y la que podría ser la senadora Jeanine Añez, hoy presidenta de facto boliviana, en Purmamarca. No está en la foto, pero se vio a Fernando Camacho, con saco marrón, subir a un C-130 Hércules de la Fuerza Aérea Argentina (https://youtu.be/-93E0aZUWL4)

 

 

 

 

NOTAS:

[1] «Carthago delenda est» era una frase acuñada en el Senado romano cada vez que se finalizaba una sesión. Significa “Cartago debe ser destruida”. Se utilizaba para recordar constantemente quien era el enemigo acérrimo de Roma y por qué la destrucción de una significaba la supervivencia de la otra. Hoy se utiliza para referirse a la obsesión destructiva de una nación contra otra.

[2] El neoconservadurismo es una ideología política instalada en el Estado Profundo (Deep State) estadounidense, que por medio del dominio monetario, militar y económico impone el (neo)liberalismo, democracia y derechos humanos para luego influenciar en otros países. Defiende el individualismo, el mercado libre y su promoción asertiva y los intereses internacionales del país, incluso por la vía militar.

[3] «China utiliza sobornos, acuerdos turbios y el uso estratégico de la deuda para mantener a los estados de África cautivos de los deseos y demandas de Beijing», dijo el ex Asesor de Seguridad Nacional John Bolton. «Sus empresas de inversión están plagadas de corrupción y no cumplen con los mismos estándares ambientales o éticos como lo hacen los programas de desarrollo estadounidenses».

[4] En la cumbre de directores ejecutivos de la APEC, celebrada en Papúa Nueva Guinea el 16/11/2019 el vicepresidente Mike Pence criticó al proyecto OBOR y dijo que Estados Unidos «ofrece una mejor opción» porque «No ahogamos a nuestros socios en un mar de deudas. No coaccionamos ni afectamos su independencia», agregó. «Estados Unidos hace acuerdos de manera abierta [y] justa. No ofrecemos cinturones restrictivos ni rutas de un solo sentido». ¡El colmo de la ironía!

[5] El litio es un metal alcalino conocido por ser el elemento sólido más ligero que se conoce (tiene la mitad de densidad del agua), además de ser un eficiente conductor de calor y electricidad. Por su elevado potencial electroquímico constituye un excelente material para la fabricación de baterías eléctricas para el almacenamiento de energía, también denominadas “baterías Li-Ion”. Éstas son utilizadas en la industria de los dispositivos electrónicos y en el mercado de los automóviles eléctricos.